¡Epa, Bonchones! Paren lo que estén haciendo porque les traemos un chismecito de rock que los va a dejar con la boca abierta. ¿Se acuerdan del Indio Solari? Sí, el mismo, el duro de ‘Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota’, el tipo que llena estadios y provoca el pogo más grande del planeta. El que parece que ni una gandola lo tumba. Bueno, agárrense duro de la silla porque les vamos a contar el día que el mito se quebró y lloró como cualquiera de nosotros.
Resulta que en una entrevista que le hicieron hace un tiempo para la revista Rolling Stone, la cosa se puso color de hormiga. Estaban hablando de la vida, de la fama, de los conciertos masivos que se venían, y de repente, ¡pum! El Indio se vino abajo. El periodista cuenta que el tipo se tapó la cara, se apretó la nariz tratando de aguantar el chaparrón, pero no pudo. Las lágrimas le salieron sin permiso. ¿Y por qué el llanto, se preguntarán ustedes aquí en Valencia? Porque el hombre confesó su miedo más grande: morirse y dejar a su hijo muy chamo. Dijo que ya estaba ‘añoso’, que iba a cumplir 60, y que la idea de no ver crecer a su carajito lo destrozaba por dentro.
¡Pero el beta no termina ahí! El tipo se puso existencialista, casi que para ponerlo a sonar en la 107.1 en la madrugada. Soltó perlas como que la muerte para él era ‘la nada’, algo espantoso para un claustrofóbico como él. ¡Imagínense esa locura! Pero al mismo tiempo decía que era una ‘liberación’ de la infelicidad. Un sube y baja de emociones que dejó al entrevistador loco. Pasó de la vulnerabilidad a lanzar frases con una mezcla de sabiduría y sarcasmo que solo él puede manejar, preguntándose en voz alta: ‘¿Nunca más los voy a ver?’. Es que detrás de esas gafas oscuras y esa actitud de ‘me resbala todo’, hay un poeta que le teme al final, como todos nosotros.
Esto nos demuestra, Bonchones, que hasta las leyendas más enigmáticas son de carne y hueso. Este no fue un evento aislado. En otras conversas, el tipo soltó de a poquito detalles de su vida que nadie se esperaba. Como cuando contó, casi con pena, ¡que iba a ser papá! O cuando habló de su encierro en su casa con escopeta y perros por la inseguridad. Era ver al ídolo de multitudes, al que le escriben grafitis en las paredes como si fuera un dios, mostrando su lado más humano, ese que se preocupa, que siente miedo y que, sobre todo, ama profundamente. Ver llorar al poeta del rock fue como correr el telón y descubrir que el Indio no solo es el jefe del rocanrol, sino también un padre y un hombre con un corazón gigante.
Al final del día, esta historia nos deja claro que detrás de cada riff de guitarra y cada letra poderosa, hay una persona real. Una fragilidad que contrasta con la energía brutal de sus conciertos, pero que lo hace aún más grande. Y para enterarte de estos betas que remecen el mundo de la música, ya sabes que tienes que quedarte pegado a la emisora número uno del centro del país. ¡Sintonía Total!
